A una década de su reconocimiento nacional, especialistas de la UNAM examinan su biología, comportamiento y herencia genética para precisar la relación entre sus rasgos caninos y lupinos

México.- A10 años de su declaratoria como tercera raza de perro nacional, aún falta detallar los esquemas biológicos del Calupoh –es decir, su estructura anatómica y fisiológica (sostén, movimiento, integración y control)–, y de interacción con los humanos, destacó el titular del Laboratorio de Paleozoología del Instituto de Investigaciones Antropológicas (IIA) de la UNAM, Raúl Valadez Azúa.
Se trata, dijo, de un animal muy reactivo, similar en ese sentido al lobo, que rehúye el contacto con las personas en la medida de lo posible. Sólo se siente cómodo con quienes reconoce como parte de su grupo, es decir, de su manada.
Se suele decir que es un perro de guardia y protección, pero “nada más falso, pues falta mucho por conocerle”, precisó. Es un animal de compañía, que vive en el entorno familiar, a diferencia de los ejemplares de trabajo o asistencia; su función no es realizar tareas específicas, pese a su tamaño y al fuerte instinto de lobo que aún conserva.
Ello no significa riesgo, sino que se tiene que trabajar demasiado con él para obtener lo que en teoría se quiere: un ejemplar que combine la resistencia, lealtad y el misticismo del lobo, pero con la docilidad, estabilidad y temperamento de un perro doméstico.
Respecto al rubro histórico y sus antecedentes culturales, “tenemos la inquietud de realizar estudios genéticos de ADN para conocer mejor su condición-lobo y su condición-perro”, detalló el académico.
Tradición prehispánica
Basados en los estudios de restos óseos de cuadrúpedos que datan de entre 700 y mil 100 años, los cuales se encuentran en el IIA, el arqueozoólogo señaló que las características analizadas “nos abrieron la opción de que se trataba de híbridos de lobos y perros”. Al mostrar los restos físicos del ejemplar que se estima data de hace 700 años, Valadez Azúa puntualizó que es el más completo que se tiene hasta este momento en México.
El ejemplar fue hallado cerca del Templo Mayor y se obtuvo cuando se descubrió el monolito de la Coyolxauhqui (21 de febrero de 1978); junto a él había águilas reales, un cocodrilo, una enorme cantidad de conchas de moluscos y peces, lo cual era parte de una ofrenda dedicada a las deidades asociadas al lugar.
Alicia Blanco Padilla, responsable de la Sección de Biología de la Dirección de Salvamento Arqueológico del Instituto Nacional de Antropología e Historia, se encargó de analizarlo, pero no le convenció la propuesta de que se trataba de un lobo. Por ello se estudió durante varios años, sobre todo al compararlo de manera cuidadosa con lobos genuinos; resultó que tenía detalles que le acercaban más al esquema de un perro, refirió.
Al hacer comparaciones entre por lo menos una treintena de mandíbulas y cráneos de lobo, perro y loberro, Raúl Valadez mencionó que existen diferencias obvias que rebasan las cuestiones de tamaño, longitud del cráneo, dimensión de piezas dentales, morfología craneal, en particular un ápice óseo del dentario que los perros tienen más desarrollado, ligado a su origen y su condición.
Una de las prácticas en la época prehispánica para conseguirlos, era llevar al monte a una hembra en celo para que conviviera con lobos y dejar que la naturaleza hiciera su labor; esa era la manera de generar estos ejemplares de loberros.
Esta tradición abrió la opción para que 700 años después se impulsara el proyecto de reconocer al Calupoh o perro lobo como la tercera raza de perro mexicano, precisó Valadez Azúa, quien con sus estudios apoyó las bases culturales para ello.
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Foto Leonor Valadez/Instituto de Investigaciones Antropológicas
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