El movimiento que prometió terminar con la impunidad acabó institucionalizándola y protegiéndola desde el poder, bajo el disfraz de protección a la soberanía

“Que viva la soberanía nacional”, escribió Claudia Sheinbaum tras reunirse con legisladores de Morena, PVEM y PT para cerrar filas frente a las investigaciones y señalamientos provenientes de Estados Unidos contra personajes cercanos a la 4T.
Sin embargo, la frase que pretendía transmitir fortaleza política, terminó exhibiendo una de las mayores características del régimen: utilizar el discurso soberanista como escudo político ante acusaciones de corrupción, crimen organizado y lavado de dinero.
Un discurso que durante años sostuvo Andrés Manuel López Obrador contra el PRI y los gobiernos anteriores.
Al inicio de su sexenio, Enrique Peña Nieto reunió a los gobernadores priistas y presumió que representaban una “nueva generación política”. La foto quedó para la posteridad con figuras como Javier Duarte, Roberto Borge y César Duarte. La reacción de López Obrador fue señalar que esa fotografía simbolizaba la simulación del viejo régimen y una red de corrupción que terminaría destruyendo al país.
Y tenía razón.
Muchos de aquellos gobernadores terminaron procesados, encarcelados o prófugos por delitos como corrupción, lavado de dinero y vínculos criminales. Durante el sexenio peñista, al menos una docena de exgobernadores enfrentaron investigaciones judiciales. Javier Duarte fue detenido en Guatemala; Roberto Borge en Panamá; César Duarte terminó extraditado desde Estados Unidos. Otros, como Tomás Yarrington, Eugenio Hernández, Andrés Granier o Roberto Sandoval, también enfrentaron procesos penales.
Peña Nieto utilizó esos casos para defender la narrativa de “nadie por encima de la ley” y, aunque podría cuestionarse la motivación política o la selectividad de algunas investigaciones, el mensaje institucional era claro: incluso figuras cercanas al poder podían terminar en la cárcel.
Con la 4T ocurre lo contrario.
López Obrador prometió barrer la corrupción “de arriba hacia abajo” y aseguró que no habría impunidad, pero el nuevo régimen terminó construyendo un sistema de protección política mucho más eficaz que el de sus antecesores.
Incluso fue más allá: ya no se trata de investigar o sancionar, sino de blindar políticamente a miembros de su movimiento.
Ahí están Manuel Bartlett, Ignacio Ovalle, Rubén Rocha Moya, Adán Augusto López Hernández y otros gobernadores morenistas señalados en reportes periodísticos, filtraciones o investigaciones internacionales.
Ninguno ha enfrentado consecuencias reales. El aparato oficial se moviliza para desacreditar las acusaciones, acusar campañas mediáticas o convertir cualquier señalamiento en un ataque contra la soberanía.
Un caso que lo ilustra es el de Eugenio Hernández, el exgobernador priista de Tamaulipas enfrentó acusaciones graves de lavado de dinero y fue requerido por autoridades estadounidenses, siendo durante años presentado como símbolo de la corrupción priista.
Pero, cuando resultó políticamente útil, Morena y sus aliados le abrieron las puertas. López Obrador lo reivindicó y terminó reincorporándolo a la política con el Partido Verde. Una situación que se repitió con otros personajes. Los antecedentes judiciales desaparecen si le conviene a la 4T y la justicia deja de responder a criterios legales para responder a principios de “lealtad”.
El discurso de AMLO frecuentemente se alimentaba de testimonios, filtraciones y reportajes que usaba para condenar a sus adversarios. Pero hoy, el discurso cambia brutalmente. Las investigaciones se convierten en “intervencionismo”, las acusaciones en “golpeteo mediático” y cualquier acción judicial extranjera en ataque imperialista.
Por eso resultó tan reveladora la reunión del jueves pasado en Palacio Nacional. Gobernadores, senadores y diputados de Morena, PVEM y PT acudieron a cerrar filas frente a las acusaciones provenientes de Estados Unidos contra Rocha Moya y otros personajes.
No se reunieron para exigir investigaciones transparentes ni para deslindar responsabilidades o defender el Estado de derecho, no, lo hicieron para proteger al movimiento.
El senador Gerardo Fernández Noroña lo resumió así: “Pueden hacer las listas que quiera el gobierno de Estados Unidos… hay dos caminos: la defensa de la soberanía o el entreguismo”.
Con una salvedad, nadie está discutiendo una invasión extranjera ni una intervención militar. Son investigaciones judiciales impulsadas por fiscales y cortes estadounidenses, procesos idénticos a los que el obradorismo celebró cuando afectaban a personajes del viejo régimen, como Genaro García Luna.
Pero antes hablaban de narcoestado; hoy lo llaman “ataque a la soberanía”.
El movimiento que prometió terminar con la impunidad terminó institucionalizándola y protegiéndola desde el poder bajo el disfraz de la soberanía.
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Columna de Manuel Díaz en SDP Noticias
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