Fernando Maldonado
Seis meses.
Dos vinculaciones a proceso.
Una colección de errores que ya no caben en la categoría de “pifias” sino en la de estrategia fallida sistemática.
Y, aun así, el caso no avanza.
Porque aquí no estamos frente a una historia jurídica ordinaria. Estamos frente a un fenómeno más interesante: el del empresario que lo tiene todo… excepto la capacidad de reconocer la realidad.
El protagonista —porque sí, esto ya parece más una novela que un expediente— es Miguel Ángel Celis Romero. Empresario en papel. Personaje en la práctica. Y hoy, inquilino persistente de centros de reclusión.
Primero, cómodo. Tehuacán.
Después, menos cómodo. San Miguel, en la capital de Puebla.
Y lo que viene —si la terquedad sigue marcando la ruta— podría incluir otra temporada completa: Semana Santa, verano… y quién sabe si otra Navidad tras las rejas.
Todo esto mientras, afuera, el reloj corre y el sentido común… no aparece.
El imperio que tambalea por ego
Lo verdaderamente extraordinario no es el proceso penal.
Eso, en México, ocurre todos los días.
Lo verdaderamente inexplicable es lo otro:
¿Cómo alguien decide poner en riesgo uno de los imperios avícolas más importantes del país —y sin duda el más grande de Puebla— por una obstinación personal?
Porque aquí hay un dato que en los pasillos ya no se discute:
no es el único propietario.
Tiene socio.
Tiene sobrino.
Tiene derechos que reconocer… y no reconoce.
Y ese pequeño detalle —jurídico, familiar, empresarial— es el que tiene detenido todo.
No la Fiscalía.
No los jueces.
No el sistema.
Él.
El desfile de vendehumos
En seis meses han pasado más defensas que argumentos sólidos.
Abogados que entran, y salen.
Estrategias que se venden como salvación… y terminan en nada.
Promesas de libertad exprés que cuestan caro… y no llegan.
El patrón es claro:
comprar espejos.
Y en ese proceso, el círculo se amplía peligrosamente: pseudo políticos, activistas de ocasión, alcaldes oportunistas y funcionarios con vocación más recaudatoria que institucional.
Todos orbitando alrededor del mismo centro:
un hombre dispuesto a pagar por no aceptar lo evidente.
El juicio social ya está dictado
Mientras tanto, afuera, la sentencia ya circula.
No en tribunales.
En conversaciones.
En Fiscalía.
En el Poder Judicial.
En cafés.
En el club de golf.
En comidas y sobremesas donde el caso ya no sorprende… cansa.
La pregunta se repite como eco:
¿Por qué no negocia?
¿Por qué no reconoce?
¿Por qué no resuelve?
La respuesta también se repite:
Porque sigue siendo el mismo junior millonario de siempre.
De Europa a la realidad
Hace no mucho, el itinerario era otro:
Santander.
Madrid.
Santorini.
Spring break.
Veranos interminables y fiestas decembrinas.
La rutina cambió:
Uniforme beige.
Sol restringido.
Visitas escasas.
Y un dato que circula con más fuerza de la que debería:
ni siquiera sus hijos aparecen.
No por falta de recursos.
Por distancia.
O por decisión.
La tragedia que no da lástima
Y aquí viene el giro más incómodo de toda esta historia:
No genera compasión.
Genera incredulidad.
Porque no se trata de alguien atrapado sin salida.
Se trata de alguien que podría resolver… y decide no hacerlo.
Podría negociar… y no quiere.
Podría recuperar su libertad… pero prefiere sostener una narrativa que ya no convence a nadie.
La salida siempre estuvo ahí
La solución, dicen quienes conocen el fondo del asunto, nunca fue compleja:
Reconocer derechos.
Sentarse a negociar.
Corregir lo que estuvo mal.
Nada más.
Pero en esta historia, lo sencillo parece imposible.
Epílogo anunciado
Así que, mientras el expediente se estanca y las oportunidades se consumen, la pregunta final es inevitable:
¿Hasta cuándo?
Porque al ritmo que va, el trayecto está claro:
De Santander a San Miguel…
y de San Miguel, a quedarse.
Por decisión propia.
Porque a veces, el mayor enemigo no es el sistema.
Es la necedad.
Y esa —a diferencia de cualquier proceso— no tiene plazo.
@FerMaldonadoMX
clh